08 mayo, 2010

El pasado

Una costumbre que tengo y que nació de manera inconsciente, es usar como separador cualquier papel rectangular y liso que tenga a la mano. El énfasis en rectangular es importante, porque nunca uso un papel cuyos bordes no sean uniformes, no podría precisar por qué, simplemente no lo hago. Hay quienes doblan la esquina de la página, quienes usan un post-it o uno de esos marcadores fosforescentes que se pegan y despegan (como banderitas de post-it). Yo uso papeles rectangulares con bordes uniformes. Los boletos de la cineteca, por ejemplo, son perfectos candidatos. El punto es que, difícilmente uso como separador de libros un -separador de libros- fabricado para tal propósito.

Esto, que en el momento hago sin pensármelo mucho, a la larga se convierte en un testimonio bastante agradable, hasta nostálgico. Me encanta tomar un libro y encontrar resquicios de lo que estaba haciendo la última vez que lo leía. Hace dos semanas me ofrecí a prestarle a un amigo La fiesta del chivo, lo tomé de entre mis libros y me encontré con un volante que me repartieron en la calle en Varsovia anunciando un evento con película, concierto y performance, todo incluido por 30 Zlotych el boleto, en lo que asumo es una especie de casa de cultura. La envoltura de un Twix checo marca otra página, y en la última página un boleto de entrada al castillo de Malahide en Dublín.

Recuerdo también que hace poco cuando me regresaron La muerte de Artemio Cruz, que también había prestado, encontré dentro una envoltura de Crunch de las viejas, que eran todavía papel y aluminio (obviamente como separador utilicé solamente el papel), con fecha del 2002 (sí, tiendo a ponerle fecha a las envolturas de chocolate que uso como separadores). Dentro de Los detectives salvajes encontré hace no mucho un boleto de tren de Serbia a Croacia y en The Body Artist un boleto del metro de Viena en el que apunté la siguiente cita de Rilke, que recuerdo que copié de un texto curatorial en el MOMUK: "Because beauty is nothing more than the beggining of something terrible and we admire it so much because it kindly refrains from destroying us".

Todo esto viene a colación porque hace unos minutos tomé un libro de Steiner y Excursiones/Incursiones - Dominio extranjero de Paz, buscando un tono de escritura que me ayudara a orientar la escritura de un ensayo que preparo. No sé si llegará la inspiración, pero los recuerdos sí que llegaron. Dentro del libro de Steiner encontré un boleto del Domo Digital del Museo Papalote del 2007 y una hojita donde apunté mis citas favoritas de La vida está en otra parte. Recuerdo el día en que tomé prestado el libro de Kundera del librero de Sara y la sensación de entonces. Recuerdo que platicamos ese día sentadas sobre su cama y estábamos intranquilas acerca del futuro, lo que significaría terminar la carrera y TENER que hacer una vida. El futuro ya llegó. También recuerdo, nítidamente -con tal claridad que me estremece- la última vez que leí el libro de Paz: lo acababa de comprar en la semana y una tía abuela (más abuela que tía) estaba viviendo en mi casa porque se había roto el pie. Fueron sólo un par de meses los que vivió en mi casa, y murió repentinamente aquí mismo. Mi cuarto es grande y en él dormía y hacía todo lo demás, yo ocupé otro cuarto temporalmente. Ajustamos todo para que estuviera cómoda, subimos una gran mesa para que desayunara e hiciera sus lecturas diarias. Todos los días yo le llevaba el desayuno -bisquets dorados con mantequilla y café con leche-, desayunábamos juntas y platicábamos. Después ella leía el periódico o la revista Proceso y yo me entretenía leyendo alguna cosa. Leíamos juntas casi todas las mañanas y recuerdo esa actividad como una de las cosas más placenteras del mundo (no exagero). La última vez que leí Excursiones/Incursiones fue sentada a la mesa después de desayunar con ella. Tomábamos café con leche Carnation y ella leyó el periódico mientras yo leí microensayos de Paz, uno era sobre Pasternak, otro sobre Ezra Pound y T.S. Eliot, otro sobre Haikus y uno más sobre Dostoievksy. Me sorprende que había olvidado por completo ese día y, de pronto, me llegó su imagen más clara que nunca. Han pasado tres años y los separadores permanecen en el libro señalando las páginas que rescaté en aquel momento. Ellos siguen aquí callados e innecesarios y ella ya no está y yo no dejo nunca de echarla en falta. Supongo que algunas cosas nunca se quitan del todo.

1 comentarios:

flor dijo...

Si supieras todo lo que te va a cambiar la vida en estos años...el futuro no llegó, Emma. El futuro está llegando siempre.