24 junio, 2010

Los amantes y la muralla



Desde que descubrí los performances de Marina Abramovic estoy obsesionada con ella. Todo ocurrió a raíz de que Diego me contara de su paso por el MoMA. Mi interés en ella nació de la más pura vanidad: Diego me dijo que nos parecemos un poco físicamente y al instante quise conocerla. Buscando una foto cualquiera me encontré con algo que me apasionó. Su obra es cautivadora, de un genio incomparable, creativa, beligerante, exagerada -rayando en lo irracional- pero sin duda valiente. Me impresionó su rostro duro, de una dureza que se adivina labrada, sí, en la Serbia de la posguerra, bajo la disciplina militar de una familia comunista y partisana, pero también tras años de (sobre) exponer su cuerpo mutilado, desnudo, ilimitado, sin barreras, a los ojos inquietos de críticos y voyeurs, de moralistas y aficionados que le han aclamado y lapidado por igual. Un rostro duro en un cuerpo desgastado de tantas miradas.

Abramovic conoció a Ulay en Amsterdam en el 76. Enamorados, trabajaron juntos durante más de 10 años. Su complicidad se revela en cada performance, eran amantes antes que colegas: su obra juntos nunca escapa al erotismo y a una suerte de hermenéutica de pareja que marca un límite ciego ante el espectador. Y es que cuando uno ve sus fotos sabe a golpe de vista que en el gesto de entretejerse el cabello para unir sus cabezas o de pararse desnudos frente a frente en el marco de una puerta sin desviar la mirada del otro mientras la gente intenta pasar en medio hay algo más que sólo arte. Hay algo que está aparte de todas las cosas del mundo y quien intenta traspasarlo no existe, no participa de aquello que atraviesa; por eso ellos no ceden un centímetro. Miradas-imán.

Ulay y Abramovic hicieron del performance una especie de extensión de su relación, y se separaron simbólicamente a través de él con una obra que, aunque pueda parecer demasiado literal, a mi me parece desprevenidamente poética. Consistió en lo siguiente: él empezó a caminar por la muralla china desde el extremo oeste y ella desde el extremo este. Tras andar tres meses, se encontraron, se abrazaron largamente, se dijeron adiós y siguieron de largo. Originalmente se pretendía que al encuentro siguiera el matrimonio, pero una serie de trámites prolongados retrasó el proyecto y para entonces habían decido separarse.

Recuerdo con demasiado cariño (y quizá con demasiada precisión) un post de Emilio sobre André Gorz y su mujer, donde habla de su amor como “el viaje hacia adentro”: el paso de lo ajetreado de la vida intelectual y la lucha política de la Francia de los años 50 al sosiego de una pasión egoísta, privada y solitaria, que se consume lento... tanto que nunca se agota. Me vienen a la mente Emilio y Gorz, quizá porque no puedo evitar pensar que Abramovic y Ulay son justo lo opuesto: son el amor público, amor-performance que se expone a las miradas de todos y se regodea en ellas –en tanto se pretende arte-, pero un amor fugaz que arde demasiado rápido, con tal intensidad que está destinado a consumirse. El de ellos fue un viaje hacia afuera, a la entrega demente y sin escrúpulos, que se grita de un extremo a otro de la muralla china o se susurra bajo el quicio de una puerta, siempre listo para mostrarse al mundo como una esencia sublime.

Digo desprevenidamente poético porque en un sentido lato (pero hermoso) la vida es un poco eso: un caminar desde tu extremo del mundo, magnéticamente, hacia alguien. Amarle dementemente, dramáticamente, frente a todos, a gritos, exceder todas las proporciones y todas las medidas, fugazmente. Y también, seguir de largo.

...


2 comentarios:

Viajero vertical dijo...

El camino del adiós y las distancias del amor. Esto fue una gota que derramó mi vaso. Estoy así: ...

Light-Dark, Interruption in Space, Shout. Todos son metáforas del amor. El amor es un performance.

Cavernicola a a a dijo...

aplausosssss!!!