Extraño a mi perra. Extraño a mi mamá, también a mi papá. Es raro, porque no vivimos todos juntos desde hace muchos años. Esto de la mudanza me está haciendo surgir tristezas atrasadas. Tantas cosas deben reacomodarse de pronto... y aunque gané muchas cosas, siento que perdí todo. Se acabaron los días de ir a la facultad. Se acabaron mis días de novia. Se acabaron mis días en casa de mi mamá. Se acabó el cobijo de un hogar bien definido, y la comodidad de que la ropa aparezca limpia y planchada sin tener que preocuparse por más que volver a ensuciarla.
Vienen días de incertidumbre. Vivir de lo que puedo ganar. Trabajar, trabajar y trabajar. Estar más sola que de costumbre, hasta sin perro me quedé. Esta sensación reconfortante y poderosa se mezcla con un miedo enorme a descubrirme incapaz de ser independiente.
Le estoy llorando a tantas cosas. Le lloro a los muertos y a los vivos. A mi familia de antes -que era de tres personas- y a la de ahora -que es de cinco, donde yo soy el número non-. A mi pareja de 6 años y a la de 6 meses, con la piel llena de culpas, de todo lo que he hecho mal. Lloro por todo lo fijo y estable de mi vida que en estos días se ha convertido en especulación y vaguedad: cuando termine la tesis; cuando termine de arreglar mi casa; cuando aprenda a vivir sin ti; cuando me paguen; cuando me conecten el teléfono; cuando resuelva mis problemas; cuando tenga dinero; cuando tenga vacaciones; cuando tenga tiempo. Seis meses atrás me urgía mudarme, vivir sola, vivir de mi. Y ahora, que empiezo a vivir sola, y de mi, siento terror.
Tengo 25 años y me siento como si tuviera 15. Algunos de mis amigos se están casando, otros piensan en casarse, conceden, cuando menos, la posibilidad. Yo me aferro a negarme. Me aferro a tener 15 años y pensar que queda tanto por hacer... me quedan por hacer las mismas cosas que quería hace 10 años. Pero también quiero, por las noches, abrazos. Quiero hablarle a alguien de mi día y enseñarle las cosas que he descubierto y que me gustan. Quiero prepararme la cena con música y hacer planes. Y quiero escucharle, compartir. Y entonces comprendo esta ansiedad por lo gregario de lo humano, y concedo, yo también, que aunque no me quiera casar, tengo 25 años, y no 15. Tengo un trabajo y una vida, y estoy sola, y soy cada vez más un adulto. ¿Será que ser un adulto es descubrirse solo? Y empezar, quizá, a buscar con quién compartir la carga de la soledad, de las obligaciones, de la supervivencia...
Y tener mucho miedo.
Vienen días de incertidumbre. Vivir de lo que puedo ganar. Trabajar, trabajar y trabajar. Estar más sola que de costumbre, hasta sin perro me quedé. Esta sensación reconfortante y poderosa se mezcla con un miedo enorme a descubrirme incapaz de ser independiente.
Le estoy llorando a tantas cosas. Le lloro a los muertos y a los vivos. A mi familia de antes -que era de tres personas- y a la de ahora -que es de cinco, donde yo soy el número non-. A mi pareja de 6 años y a la de 6 meses, con la piel llena de culpas, de todo lo que he hecho mal. Lloro por todo lo fijo y estable de mi vida que en estos días se ha convertido en especulación y vaguedad: cuando termine la tesis; cuando termine de arreglar mi casa; cuando aprenda a vivir sin ti; cuando me paguen; cuando me conecten el teléfono; cuando resuelva mis problemas; cuando tenga dinero; cuando tenga vacaciones; cuando tenga tiempo. Seis meses atrás me urgía mudarme, vivir sola, vivir de mi. Y ahora, que empiezo a vivir sola, y de mi, siento terror.
Tengo 25 años y me siento como si tuviera 15. Algunos de mis amigos se están casando, otros piensan en casarse, conceden, cuando menos, la posibilidad. Yo me aferro a negarme. Me aferro a tener 15 años y pensar que queda tanto por hacer... me quedan por hacer las mismas cosas que quería hace 10 años. Pero también quiero, por las noches, abrazos. Quiero hablarle a alguien de mi día y enseñarle las cosas que he descubierto y que me gustan. Quiero prepararme la cena con música y hacer planes. Y quiero escucharle, compartir. Y entonces comprendo esta ansiedad por lo gregario de lo humano, y concedo, yo también, que aunque no me quiera casar, tengo 25 años, y no 15. Tengo un trabajo y una vida, y estoy sola, y soy cada vez más un adulto. ¿Será que ser un adulto es descubrirse solo? Y empezar, quizá, a buscar con quién compartir la carga de la soledad, de las obligaciones, de la supervivencia...
Y tener mucho miedo.
1 comentarios:
Por este escrito me uní a tu blog, veo que sigues escribiendo. Síguelo haciendo.
Te deseo que sigas teniendo muchos sentimientos a flor de piel y los sigas plasmando, quizá no los mismos, pero que de alguna forma u otra, te sigan por todas partes, y por todas esas partes sigas teniendo un momentito para escribirlo y compartirlo.
Saludos desde Guadalajara, México.
Un lector tuyo
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