
La noche del domingo vi Man on Wire. En estos cuatro días no he logrado encontrar las palabras justas (y en este caso, justas es en verdad la mejor palabra), palabras capaces de hacerle justicia al desasosiego, la emoción y el asombro que me provocó. El documental cuenta la historia de Philippe Petit, un funambule francés, y su inefable proeza; su acto cumbre de equilibrismo -y quizá, El acto cumbre de equilibrismo, punto. Todavía no estoy segura de que inefable sea la palabra adecuada para describirlo, al menos no en un sentido literal... nombrar el hecho en sí no presenta ninguna complejidad: en 1974 Petit cruzó de un edificio a otro de las Torres Gemelas a través de una cuerda floja entre las azoteas; pero digo inefable porque es una cosa que no se abarca con nombrarla. No hay palabras que alcancen para decir todo lo que es una silueta diminuta caminando grácil entre nubes a 400 metros de altura.
Hace un año más o menos intenté describir, sin mucho éxito, la ternura inquietante que me provocó una instalación de Cildo Meireles. Através me pareció en aquel momento una suerte de declaración brutal de lo frágil que puede llegar a ser un puñado de vida pequeñísima en medio un laberinto de materiales inertes. El domingo me sentí de nuevo como aquella vez: casi capaz de comprender esa fina línea que hace que lo vivo sea tan arbitrariamente imposible, tan a punto contingente, tan, tan frágil.
El famoso coup requirió de una planeación de meses y trucos holywoodentemente policiales que hoy en día serían casi imposibles de realizar, sin contar el entrenamiento al que se sometió Petit. Y con todo (y sin restarle ningún mérito al enorme trabajo de planeación) la acción y la intriga detectivesca del documental me pareció tan secundaria ante los paisajes que muestra: Petit malabareando pinos de bolos entre las torres de Notre-Dame; flotando -literalmente flotando- erguidísimo en un cielo prístino de Australia entre los tensores de un puente sobre el océano. No sé... lo veo sucediendo y me sigue pareciendo irreal.
Después llega el momento definitivo, tras cualquier cantidad de imprevistos queda sólo un hombre y su cuerda floja. Sólo eso. Independientemente del trabajo que implicó, la enorme carga simbólica de lo austero, de lo mínimo - un sólo hombre y un hilo- contra dos superestructuras de acero no puede pasarnos desapercibida. Y cruza. De fondo suena la Gymnopédie No.1. ¡Y Cruza! 8 veces va y viene. Hace un performance. Gira, se tiende sobre el cable, se arrodilla y hace una reverencia, su espectáculo está teñido de humanidad - es pura humanidad- y dentro de toda la soberbia que conlleva el deseo de desafiar lo posible de esa manera hay para mi una enorme gentileza en arrodillarse y reverenciar a 100 pisos del suelo a una auditorio lejanísimo. Aún si no sé explicar por qué, sé que en ese acto radica algo sublime.
De la instalación de Meireles me conmovió, en gran medida, la irracionalidad de los peces, su no saberse mínimos y hermosos y reales y vivos en el centro de una producción completamente artificial. De Petit me conmovió lo justo opuesto: su total conciencia. La determinación con la que orquestó un plan maestro para, desafiando toda probabilidad, hacer... hacer todo lo que hizo; la manera en que, por voluntad propia se sentó sobre el cable y hundió la mirada en el vacío para contemplar al mundo que lo miraba de vuelta. ¿Se imaginan? Yo no puedo imaginarlo. Sólo me viene a la cabeza una sensación de vértigo paralizante. Me conmueve la idea de una persona que es capaz de verse a esa altura recostado en apenas unos centímetros de ancho y mirar hacia abajo, su voluntad de saberse clara y absolutamente en ese lugar, ínfimo. Y también me pregunto, ¿será cierto? tendrá Philippe Petite en ese momento de adrenalina-superpoderosa conciencia de su fragilidad... no lo sé.
Me siento tentada a decir, como lo dije con los peces, que la fragilidad puede ser cuestión de perspectiva. Pero tal vez no lo sea. La vida es preciosa porque es frágil, eso es incontestable. Es un hecho que si Petit cae morirá, no hay subjetividad de por medio en ello. Él, allá arriba, está en la cima del mundo y es invencible. El mundo, abajo, lo ve como algo entre un demente y un poeta, una especie de héroe. Pero a fin de cuentas la línea entre el vacío y la poesía es del grueso del alambre sobre el que deambula. Si logra regresar a salvo al otro extremo habrá, quizá, vencido a la fragilidad. ¿Será que eso es lo heroico? ¿Llevar su fragilidad al extremo y salir airoso?
Es posible que no esté diciendo nada. Estos no son más que apuntes desordenados de algo que me estremece profundamente y no logro terminar de comprender. Pero Petit estuvo ahí bailando con el viento, bailando con la fatalidad, bailando con el destino, ¡bailando contra toda posibilidad! Saber que esa figurilla que se adivina entre las nubes es un hombre es para mi un doble testimonio. Ese hombre es pura casualidad; es nada; es apenas distinguible en la distancia y sin embargo ahí está. ¿Es más frágil él parado a 400 metros de altura que sobre el piso? Definitivamente no, pero los 400 metros están ahí haciendo eco de su vulnerabilidad al mismo tiempo que de su grandeza.
Es una película hermosa. Tienen que verla.
---
No es que insista, pero acá dejo el link Cuevana donde la pueden ver completa: Man on Wire

1 comentarios:
Mi blog también pone de tamaños distintos las cosas.
Veré la película y regreso a contarte.
Publicar un comentario en la entrada