27 septiembre, 2011

Cartas quemadas

Mi abuela quemó hace unos años todas las cartas, fotos y otros papeles que tenían un significado especial para ella. Dice que lo hizo porque el padre de la parroquia les dijo, en una plática para viejos, que era mejor que se deshicieran de una vez de todas esas cosas "porque no sabían cuándo se podían morir..." Les dijo que mejor quemarlas ellos a que otros las encontráramos y nos burláramos de la clase tesoros que guardaban.

Lo primero que pensé fue que ese párroco se merecía que lo quemaran a él con todos los pergaminos de la Iglesia. Pero, mientras me lo contaba, vi en su expresión un alivio muy grande. Y lo entendí.

Me cuenta que quemó, entre otras cosas, una carta en la que su abuela la regañaba por no ser una 'buena esposa', una esposa sumisa y servil. Me impresiona porque, para mi, mi abuela es en muchísimos sentidos un modelo de sumisión femenina clásico del México de los cincuenta. ¡No puedo creer que haya quemado semejante testimonio! Me duele, de hecho, nunca haberla leído. Me gustaría guardarla junto con una copia del manual de La perfecta casada de Fray Luis de León y ver cómo se diluyeron esas ideas moldeando cotidianidades, ¡en la vida cotidiana de mi familia, además!. Con lo que me encantan esas cosas (y lo digo sin el menor dejo de ironía).

Pienso en la retrospectiva de Saramago, y no sólo eso, las personas de a pie... lo maravilloso que es rascar entre sus cosas cuando alguien muere. Todo lo que revelan de ellas, de tí, de tu pasado, de tu familia, de las cosas que decían, las ideas que tenían. Siento que cuando mi abuela muera lo único que encontraré será una selección meticulosa de lo que estaba dispuesta a dejarnos ver. Siento que me perderé de una parte de ella que nunca me reveló, y me duele. Pero también pienso que ese es su derecho. Filtrar lo que quiere compartir, su mundo íntimo, su vida privada... es una pena que no podré conocerla nunca, pero es su prerrogativa. Y la tranquiliza.

Cuando su hija la más grande estaba a punto de morir de cáncer hace varios años, mi abuela la llevó a su recámara un día y le dijo: escombra (esa palabra usó cuando me lo contó). Escombrar es un verbo tan de mi abuela. Le dijo: escombra, y me dijo que lo hizo para que se muriera tranquila... para que se deshiciera de todo lo que no quería que mi abuela viera. Ella sabía que se le iba con ello una parte de su hija que podía dejarle tanto... pero le concedió eso: su intimidad. Lo pienso ahorita y siento que es una mujer tan admirable. Mañana tengo que levantarme temprano para ir a donar sangre para una operación que le harán la próxima semana... no es a propósito de esto que lo escribo, pero de pronto me sabe completamente agradable poder darle aunque sea eso de mí.

En fin, escribo todo esto porque hoy siento una necesidad enorme de escribir una carta llena de confesiones, de dolor, de sentimientos. Una carta de esas que nunca van a entregarse. Guardo tantas cartas en ese tenor. Pero ésta voy a quemarla... porque sí: porque no quiero que nadie se burle algún día; porque no quiero que nadie sepa cuánto me dueles, y lo digo así, libre, porque a nadie le pasará por la cabeza que cuando digo esto estoy hablando de ti.

1 comentarios:

Flor dijo...

Muy bello texto, Emma. Me emocionan mucho las sagas familiares. Y cómo algo de todo eso vuelve a respirarse en la siguiente generación.