26 septiembre, 2011

Ron Mueck, Saramago y los amigos

Ayer fui con T a ver la exposición de Ron Mueck en San Ildefonso. Paseamos en bici por calles cerradas en el centro, comimos delicioso en Delirio con un agua de jamaica, jengibre y canela que sabía a playa paradisiaca y navidad todo en uno y coronamos con un helado de maracuyá y de mamey en La Bella Italia. Por la noche cachamos una película de la muestra de cine francés en la cineteca y tomamos un café y mousse de guayaba con R. Fue un día de esos que agotan pero hacen bien. Y a veces me sirve recordar que existen esos días, que existen los amigos y que la razón por la que nos hicimos amigos es porque disfrutamos las mismas cosas.

También vimos la retrospectiva sobre Saramago. Me emocionó mucho ver su escritorio, sus lentes y su máquina de escribir ahí. No sé, seguramente suena fetichista, pero aunque sé que son sólo cosas, son sus cosas. Me pasa así con todo... de vez en cuando me encuentro alguna cosa de mi abuelo, una pluma, una pipa, y siento escalofríos. Las personas no están en sus cosas, pero sí están... vieron a través de ellas, exhalaron en ellas, las tocaron: tienen una impronta simbólica de su paso por el mundo. Y me encantó. También leí una carta en la que Saramago le escribe al director de la Casa de las Américas en la Habana en 1994 que está apenas recuperándose de un susto por los problemas de salud Fidel Castro. No sé si algún día se imagino que se iba a morir él antes que Fidel.