15 septiembre, 2011

Un post azotado y latinoamericanoso que vomité en una noche de frustración (y que nadie leerá)

Desde hace un mes trabajo en un proyecto que me llena de entusiasmo, y también -y sobre todo- me llena de tristeza. El texto recopila y analiza experiencias de éxito de doce organizaciones defensoras de los derechos laborales en México. He pasado dos días intentado escribir las conclusiones y no logro sacarme de la cabeza una frase que leí en un manual de la Awid de una activista india: "Sometimes, even your success stories are nothing more than ways the power structure is trying to accommodate and contain the threat of more fundamental change by making small concessions." Leo y releo los casos, repaso los detalles, los procesos y la frase me persigue como una profecía.

El texto se va a repartir entre las activistas que integran las asociaciones cuyos casos se relatan. Y yo no me atrevo a escribir una conclusión así; una conclusión que diga que me parece que la mitad de los logros están ya predeterminados, que son justo eso: concesiones de empresas que quieren obtener una certificación de responsabilidad social y no quieren lidiar con la mala propaganda de obreras exigiendo su liquidación, o con un escándalo de acoso sexual. Concesiones de empresas que despiden a sus trabajadoras sin escrúpulos y prefieren recontratarlas cuando -una que otra, esporádicamente- exigen su liquidación, en lugar de pagarles y abrir una caja de pandora de liquidaciones formales. No me atrevo a decirles eso a las mujeres que todos los días entregan su tiempo y sus recursos para defender una causa noble.

Estoy en una suerte de dilema ético. ¿Les digo a verdad completa? ¿O les digo sólo la parte de verdad que no me parece deprimente? Yo no creo que se merezcan escuchar que yo pienso que algo a lo que le han dedicado tanto, y que ven como una gran victoria, me parece de pronto un mero paliativo, que nada le costó ceder a quién lo cedió. Pero también por otro lado, ¿cómo no decirlo? No sé. El problema es que la fórmula para la justicia no está en la verdad. En la verdad sólo está la desolación de saber que el mundo es pinche y podrido porque hay gente que se beneficia de eso y no quiere dejar de beneficiarse. Punto. ¿Les digo que hagan lo que hagan no lo van a poder cambiar más allá de lo que ellos les permitan? ¿les digo eso y les parto el corazón? ¡Claro que no! (No se debe matar la utopía incluso si sólo es por tener algo que añorar.) ¿Qué les digo entonces?

¿Se puede considerar una victoria para los derechos laborales cuando el costo de pelear contra las demandas de las trabajadoras es mayor al de sólo darles lo que exigen (y que exigen porque les corresponde)? Nada cambia en la esencia de lo que está mal: se trata de una decisión económica, no justa, económica. Y no estoy cuestionando el valor moral del activismo, de hecho creo que el activismo es noble y refleja la humanidad de las personas. Lo que estoy cuestionando es si las razones que hay detrás del cambio nos permiten considerarlo una victoria a título personal de los derechos laborales. ¿Las cosas que interpretamos como justicia son realmente signos de cambio social, o son sólo concesiones que no significan nada para quien las hace? ¿Y a la larga -aunque hayan estado motivadas por razones prácticas- construyen cambio? ¿Sientan un precedente o son sólo un episodio aislado en el que alguien tomó una decisión económica (de economía del poder, pues) que le permitiera conservar el status quo otro rato más?

Ya lo sé. Estoy loca, y estoy confundida. A veces es desalentador poner las cosas en contexto. A veces sirve, lo sé. Pero de momento, el contexto me parece más bien sombrío y frustrante. Y es-tá-ti-co.

También está esta otra forma de verlo. La forma do it anyway... la forma beautiful losers.
Esta forma que nos dice: nada que hagas va cambiar al mundo- pero inténtalo de todas formas. Has tu luchita y fracasa, pero fracasa hermosamente. "Fail again, fail better" dice Samuel Beckett.

De pronto recuerdo con mucha claridad una platica ( TED talk -sí, soy adicta) de una activista que no me puedo acordar de su nombre. Habla de esta sensación justamente. El sentirnos abrumados por lo que significa cambiar al mundo, sabiendo que es imposible pero con la certeza de que es nuestra responsabilidad. Su exposición es de verdad brillante. La recuerdo ahorita y siento que olvido mi crisis de hace unos minutos. Al final lo que propone es que hay que "embrace the paradox", y explica que el activismo hoy en día es eso: saber que el cambio que se desea es sistémico y gigante, pero el cambio que puede de hecho hacerse va a impactar solo a un puñado de personas, but Do it anyway . Y me parece que así se llama su libro.

Pero no sé. Creo que este principio, el principio do it anyway, no se contrapone con nada de lo que me preocupa más arriba. Insisto. Yo no cuestiono el sentido de labor de las activistas. Cuestiono si lo que entendemos como "cambio hacia el bien" es de hecho cambio at all. Lo único que me queda después de todo este blabbering es la idea de que de hecho, los dos approaches tienen mucho de razón. La victoria de unos pocos puede ser una concesión práctica de otros para mantener el status quo. Cualquier intento por cambiar el orden de las cosas terminará siempre en fracaso. Pero la gente lo va a seguir intentando. Y fracasando. E intentando. Y fracasando. Y ya me voy a dormir porque estoy a punto (si no es que ya he empezado) de escribir incoherencias.