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Hoy comí con mi mamá. Caminando de regreso a su casa cortamos unas ramitas de jazmín de la casa de una vecina. Cuando mi mamá tiene jazmines en la casa, apenas abrir la puerta llega el golpe de olor, y me resulta tan familiar. El departamento en el que vivo, y donde vivó mi tía abuela durante 40 años, siempre olía a jazmines y a azhares. Me dijo que quiere plantar un jazmín en su patio trasero para que huela rico toda la casa, y que el vecino plantó ese jazmín hace muchos años esperando que floreciera y nunca floreció hasta que se murió. Yo le dije, en broma, que por si las dudas mejor no plantara nada. Le pedí también que si consigue jazmines me compre uno para mi patio porque me encantaría devolverle a esta casa su perfume. Si alguien en este mundo me enseñó a adorar las plantas fue mi madre. Me preguntó por el huele de noche que compré hace un año, recién me mudé. - No huele nada y nunca ha florecido, le dije. - ¡Que tristeza! me dijo... pero vamos a conseguir esos jazmines, a ver si florecen antes de que me muera.
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La semana antepasada en Morelos conocí a una mujer guatemalteca de origen indígena del pueblo Mam. Llegó a México a los 4 años, refugiada de la guerra civil. Es sexóloga, normalista y activista por los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Vive en Chiapas y tiene una voz hermosa. Un día, mientras comíamos, me dijo que en la cosmovisión Mam se considera que una persona empieza su vida cuando cumple 52 años. Se viven cuatro ciclos de 13 años, en dónde cada fin de ciclo viene aparejado con cambios importantes, momentos definitorios de la vida, y a partir de los 52 años uno se dedica a cosechar todo lo que ha sembrado.
Yo no sé, nunca he sido buena para creer esas cosas, pero este esquema me caló muy hondo. Este año mis padres cumplieron 52 años. Se separaron hace ya varios años, y ahora, después de tantos (y cuando digo tantos quiero decir tantos, tantos, tantos) problemas por fin se llevan bien: se tratan con respeto y con afecto a pesar de la distancia, se ayudan, se cuidan y se procuran. Ambos tienen otras parejas; parejas que les calzan y les hacen felices. Mi papá ya no está persiguiendo jovencitas ni compra autos deportivos, tiene una pareja sensata y una nueva familia extendida que lo hacen muy feliz. Mi mamá volvió a trabajar después de la separación, hoy ha recuperado su confianza y su autonomía, aprendió a ponerle límites claros a su nueva pareja, disfruta de sus amigas, de sus alumnos, de su tiempo libre y también es feliz. Mis padres son más felices hoy de lo que han sido en años. Y me parece, visto así, que sí... que están recogiendo frutos que se merecen.
Además, este año yo cumplí 26 años. No tengo presente qué podría haber sido tan significativo para marcar un ciclo cuando cumplí trece años. Si tuviera que escoger algo diría que fue justo en ese año cuando la relación de mis padres estalló por primera vez. Una de muchas. Pero hoy en día tantas cosas me parecen definitorias, y sí, este año tiene que ser un año de marcaje. Tengo deudas profesionales, personales y emocionales que saldar este año. Este año y no otro. Y no porque sea mi año 26 sino porque las he pospuesto tanto tiempo.
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Hace un tiempo llevé mis orquídeas a un hospital para orquídeas, un orquidiario muy fancy en la condesa donde el encargado me aseguró que, por los síntomas, parecían poder recuperarse con un cambio de sustrato y fungicidas. Cacharon una plaga rara que nuca pude quitarles. Además estaban muy apagadas, las raíces se les escapaban por todos lados buscando aire y las hojas amarillentas y frágiles daban la impresión de que no les gustó la luz de este departamento. No las culpo porque en casa de mi madre entra luz por todas partes. El domingo fui con D a comer al Pan Comido en la Roma: hamburguesa de soya, betabel y zanahoria, baguette de milanesa de soya con chiles güeros y agua de fresa con guayaba. De postre, helado de jengibre y de maracuyá en Delirio; él tomó un espresso y yo un chai que tenía un gusto a anís insoportable. Después caminamos hacia Michoacán para comprar té a granel: mate samurai o algo así. Sin darnos cuenta pasamos junto al local de las orquídeas y le pedí que paráramos para preguntar por ellas. El local estaba vacío... ni una nota ni un dato, nada que dijera cómo contactarlos. Estoy entre buscarlos hasta la locura, preguntar al rentista, a los vecinos, algo... o resignarme a que quizá mis orquídeas ya fueron desechadas en la mudanza. Me pone tan triste. Eran tan mías... tan queridas (hasta nombres tenían)... a una de ellas sólo la vi florear una vez. No sé cómo resignarme a perderlas. Siento que he perdido ya tantas cosas este año.
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Cuando llegué a casa hace unas horas ya había anochecido . Aproveché para regar las plantas del patio porque les cae mejor el agua a esta hora y no hay tantos mosquitos. Con la manguera desde lejos apunté el chorro al huele de noche y las hojas se balancearon. El perfume llegó hasta donde estaba parada. Y me quedé así un rato, meciendo las hojas con el agua hasta que el patio se llenó de olor.
4 comentarios:
pero q post MAS lindo
llegué acá x casualidad y estoy disfrutándo mucho tanta femeneidad en palabras escritas
suerte con la busqueda, vale la pena
Leila
Bellísimo, Emma. Me recordó a viejos posts de antaño. ¿Qué es un huele de noche? ¿Una especie de jazmín? Yo cuando rocío mis jazmines por la tardeceita enseguida largan su olor característico. Las plantas tienen su momento. Ya llegará. Y estoy segura de que tus orguídeas se recuperarán. ¿Eran Virginia y Alfonsina? Besos! Y por favor, no dejés de escribir nunca más! Un placer leerte.
Leila: ¡Gracias y gracias! Saludos.
Flor: Sí, eran Virginia, Alfonsina y otras dos más nuevas que se llamaban Ofelia y Clarice. Estoy muy triste. No parece que haya forma de encontrarlas. Algo me parece que me está diciendo la vida sobre el desapego últimamente. Un huele de noche es mmm... supongo que no es como un jazmín porque el huele de noche es un árbol y el jazmín es más como una enredadera/arbusto. Después te enseño una foto. ¡Un abrazo grande!
¡Ayer lo conocí! Acá le llaman "Dama de noche". ¡Besos!
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