Tengo un vecino cubano. Creo que me odia porque un día lo caché dejando su basura en el pasillo común del edificio, pero a mi me cae tan bien. Es trovador y da clases de guitarra en su casa. Muy seguido, saliendo del edificio, me encuentro con sus alumnos entrando todos cargados de guitarras. Hay algo de ver a un hombre con una guitarra que me parece tan atractivo... y a una mujer más. Lástima que a mi eso no se me da. Algunas mañanas mientras preparo el café en la cocina lo escucho hablando desde su departamento (tres pisos arriba del mío) con su familia en Cuba. Su voz se vuelve una fiesta y el acento se le escapa por todos lados más vivo que nunca.
Yo creo que los que estudiamos Estudios Latinoamericanos tenemos un chip programado para sentir un amor muy especial por Cuba: ese otro mundo posible y toda la tristeza y toda la emoción que implica. Una vez, en una mesa redonda en la facultad, Sonia Daza, exiliada chilena, nos contó que ella y su esposo se fueron a Cuba en los años sesenta... "esos años en los que construíamos el paraíso", nos dijo con la voz llena de nostalgia. Y, en ese momento, todo el auditorio lleno de pubertos latinoamericanistas suspiramos con ella.
Me gusta preparar el café y escuchar al vecino a gritos. Es triste pensar en todo lo que lo trajo a vivir aquí; pensar que el paraíso que tantos se entregaron a construir hoy es sólo un reducto de melancolía y buenas intenciones pasadas. Pero cuando él habla... grita, y se conecta con algo tan íntimo, con un color local que lo transforma. Y el aire en el edificio se transforma con él. Y yo, desde mi cocina anclada en el siglo XXI, me siento por un momento envuelta en lo vivo de su voz y me acuerdo de que hubo una vez un lugar y un pueblo y la posibilidad. La posibilidad... A veces hay que aferrarse a los hipotéticos para saber que la vida tiene sentido.
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