A veces me descubro repitiendo conversaciones, repasando momentos del pasado que me dicen algo sobre el presente. Como pequeñas lecciones... casi moralejas, que por algo: por algo, no se me olvidan.
En medio de una crisis amorosa durante la cual M me pedía religiosamente cada jueves que la acompañara a un famoso bar gay en Santa Fe, me dijo un día -muy frustrada- que ella era una persona súper tímida a la que le costaba relacionarse con gente nueva. Yo, que cuando la conocí hice click inmediato con ella, le dije que no la consideraba tímida at all. Al contrario, le dije, cuando nos conocimos tú me buscabas todo el tiempo. Te buscaba because I liked you, me respondió ella. Y yo, que todavía recuerdo lo sencillo que fue para ella decirme, casi recién nos conocimos, que sentía algo por mi, le dije que, con mayor razón, no era una persona tímida. Entonces ella con toda la naturalidad del mundo me respondió: I'm shy D, I'm not a coward.
And she's right. Claro que el matiz entre uno y otro puede pasar desapercibido, pero hay una brecha tan grande. M no es cobarde (and I can vouch for it), y sí, sí es tímida... y hasta entonces yo nunca había considerado siquiera la posibilidad de disimular una cosa con la otra. Pero, en el examen general que siguió a nuestra conversación, no podía faltar la duda. Yo no soy tímida, soy tan poco tímida que raya en lo impúdico. Pero en el big picture, el matiz, esa pequeña distinción que hizo M, me hace ver que even though I'm not shy, I am a coward. Y tantos ejemplos me vienen a la mente. No haré una lista. Pero sí diré, porque hay que decirlo, que por primera vez en la vida quiero hacer algo con la conciencia del valor que requiere. Y quiero hacerlo bien. And I will.
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